Mostrando entradas con la etiqueta No tienes por que hacerlo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta No tienes por que hacerlo. Mostrar todas las entradas

La Boquería

         
 
         Ignorando la fealdad con que la Boquería rompe la hegemonía de las calles adyacentes a la Rambla, le entusiasmó divisar aquella estructura metálica. Había descubierto ese lugar un día que hizo compañía a Dani en un documental fotográfico para “La Vanguardia”. Desde entonces, tanto él como su amigo recorrían habitualmente esa zona de Barcelona. Cerró su vieja chaqueta recreándose con su rugoso tacto, como quien comparte un estado de ánimo. Con un andar lento pero decidido, se iba convirtiendo en una esponja que absorbía olores, colores y sonidos, un éxtasis receptivo en que todo gozaba de un alboroto estético. Se sentía tan pleno dentro de aquel mercado que lo comparaba con un gran núcleo de energía; un frenesí sensorial que invadía cada molécula de su cuerpo.
Lo que más buscaba eran los olores, aunque también estaban los colores y no sólo en los alimentos. Se maravillaba con las cantidades indigestas de emigrantes que abarrotaban el mercado en busca de buenos precios o mercancías ajenas a lo mediterráneo. La Boquería se había tenido que adaptar a esas nuevas demandas trayendo toda suerte de frutas y especias, algunas totalmente desconocidas para los comerciantes, obligándolos a ponerse rápidamente al día sobre la maduración de unas y el color necesario para otras. Cómo olían esos condimentos; según se había informado en su mayoría procedían de Sudamérica. No podía evitar aproximar impúdicamente sus fosas nasales a una especia de carmesí abusivo y textura de compota. Desprendía un olor que maravillaba sus sentidos y agudizaba sus glándulas salivales. Aunque el dependiente boliviano, acostumbrado a su extasiada expresión, lo había alentado en más de una ocasión a comprar “Ají amarillo”, nombre que demostraba la testarudez de su daltoniano creador, nunca consiguió convencerlo. Marc siempre le respondía amablemente intentando alargar su conversación para poder observar pausadamente, esas facciones indias que le resultaban tan interesantes. El grueso cabello azabache que cubría su cabeza tenía más que ver con el pelo que tienen los hombres en algunas partes pudendas, erguido como huyendo de sus pensamientos se separaba de su cuero cabelludo brillando aceitosamente. Su nariz era de un achatado moldeado por los golpes y tras sus toscos labios mal disimulados por su vellosidad, aparecía una dentadura amarillenta que la cubierta de oro de uno de sus incisivos no disimulaba. Lo mejor que tenía este personaje eran sus ojos, achinados, pero con el suficiente magnetismo para entrever lo interesante que podía resultar su interior. Pero Marc, poniendo a prueba la paciencia de aquel indio, nunca se atrevió a comprar el “Ají Amarillo”. No se arriesgaba debido a que desconocía la preparación de los platos que lo llevaban, temía que el resultado rompiera su magia. Estaba seguro que si se dedicaba a escribir algunas líneas sobre ese lugar el resultado sería más que satisfactorio, pero no quería hacerlo, el mercado era una exquisitez que se reservaba para él.
Tras estos paseos por la Boquería se sentía tremendamente agotado, algo contradictorio al saber que consideraba aquel lugar como una fuente de energía, cuestión que él, con su natural lógica, comparaba con una gran comida que tras ingerirla se tiene que digerir. Inmerso en la nada caminaba sin ninguna dirección, aunque le dolían los pies y su garganta se mostraba resentida por la gélida cerveza consumida momentos antes. Se esforzaba en seguir su paseo para que el revoltijo de sensaciones hiciera patria en pensamientos inconscientes, sosegado estado de levedad al cual recorría habitualmente para satisfacer el libre albedrío que exigía su caprichosa mente. Al cabo de unos minutos giró por una calle menor en donde el tránsito de individuos se hacía más copioso; se palpaba una pasividad en sus andares propia de quienes no poseen destino. Se detuvo un momento ante una barbería. Tras el escaparate se podía ver, sobre asientos de caduco diseño, cómo peinaban a dos hindúes mientras otros cuatro esperaban su turno fumando unos cigarrillos liados. Alzó la mirada en un acto reflejo y leyó en el mugroso letrero “Peluquería Nasir”. El nombre no le decía nada, pero estaba seguro de que ya la había visto, y giró su rostro hacia el camino recorrido, comprobando que en su campo de visión se observaban dos peluquerías de idénticas formas y clientelas. Con una sonrisa curiosa reinició su paseo, pero ahora sin perderse detalle. Era cada vez más evidente que se encontraba en un barrio marginal, algunos emigrantes aburridos se cruzaban con él, otros se mantenían apostados en las esquinas con la mirada puesta en la nada, vacío que, aunque falto de esperanzas, era carente de angustia. Desilusión agradecida ante el lugar que reservaba el primer mundo a sus desheredados. Ahora, aparte de las peluquerías, también proliferaban con idéntica similitud tiendas de comestibles de factura extranjera y locutorios cargados con imágenes de cantantes y actores de Bollywood. Se percibía que la clientela que visitaba estos establecimientos más que abastecerse de suministros o poner conferencias telefónicas, buscaban encontrarse con gente de su misma cultura.
Negando su cansancio Marc seguía adelante, pero algo cambiaba según continuaba avanzando. Reconoció en el rostro de las personas un grado de agresividad que le empezó a perturbar, luego como salidas de la nada, le fueron cortando el camino putas de actitud decidida, las cuales reconocieron en él a un intruso que nada tenía que ver con la clientela que frecuentaba esos lares. Mientras macarras de insustancial mirar lo observaban todo. Podía reconocer en aquellas putas los moretones de sus últimos clientes o aún peor, de aquellos proxenetas de policíaca expectación. Más de una, al observar la profunda mirada del escritor, descubrió lo fingida que era su indiferencia confundiendo esa pose con la aprensión de un purista; por lo que empezaron a increparlo llamándolo maricón unas y otras lanzado gargajos a su paso mientras esgrimían gestos obscenos o maldiciones en idiomas ajenos. Según avanzaba, nuevas rameras le increpaban aún con más rabia por desconocer el motivo del alboroto. Ahora los macarras con los que se cruzaba habían cambiado su postura y se mostraban amenazantes. Manteniéndose lo bastante tenso para empezar a correr cuando fuera necesario, logró salir a una calle abierta donde la gente paseaba ajena a lo que se cocía a tan sólo unos metros. Se giró y, desde la distancia, observó de nuevo aquella maraña de gentuza arrepintiéndose de no haber podido pasar inadvertido y renegó de lo arriesgado que sería volver sobre sus pasos. Daba por seguro que su mirada, influenciada por los nervios, no había sabido absorber todo el cúmulo de historias que gritaban esos rostros, historias que seguro no le hubiera costado trabajo dibujar con palabras.
Se tomó una cerveza en el primer bar que encontró y, aunque su garganta se quejó ahora con mayor fuerza, la ignoró. Había sido un gran día. Daniel, que según supo por una llamada se encontraba en la zona, se reunió con él:
-¿Has tomado buenas fotos?
-Nada, un desierto. Tienes mala cara –a lo que Marc respondió con la descripción de las sensaciones que había tenido en aquella calle. Pero cuando empezó a reconocer el brillo en los ojos de su amigo, se apresuró a exagerar el peligro de la empresa que se adivinaba en las pupilas del fotógrafo. Éste, más convencido por la falta de luz que por el temor de su amigo, fue a buscar consuelo en otra cerveza, mientras Marc revisaba las fotos en la pantalla digital. En verdad eran bastante malas, pero una llamó su atención. Al volver Dani con la cerveza, un gemido desde la entrada ahogó la pregunta que salía de sus labios.
Un hombre no había calculado bien la distancia que lo separaba de los escalones, precipitándose al suelo con tan mala suerte que apoyó su mano sobre un cristal que había pasado desapercibido hasta ese momento. Las personas de las mesas más próximas se acercaron rápidamente para ayudarlo a incorporarse, pero cuando descubrieron que sangraba por una mano, casi todos abandonaron su intento. Sólo dos mujeres lo auxiliaron, aunque sus rostros delataban la misma simbiosis de asco y miedo que los que habían reculado. Ante esta escena, en la servilleta de papel que había en la mesa Marc escribió:

Sangre, líquido que en otros tiempos despertaba sentimientos mutuos, rojo espejo de todos los alientos. La gente de ahora, sólo ve en ella el medio con el cual contraer todo tipo de enfermedades incurables. Lo que antes era la esencia de la vida, se ha convertido en un viscoso conducto hacia la muerte.

Texto extraído de la novela inédita “No tienes porque hacerlo”


Jorge Maruejouls

Humedad entre tijeras


Lo que le llamó la atención fue que calzara unas bambas modernas como las que suelen llevar las jóvenes. La manera en que se ajustaban a sus delgados tobillos le entusiasmó, era como si en aquel detalle viera una puerta a una perdición deseada íntimamente. ¿Quién controla el deseo cuando la ilusión por algo nuevo nace sin pedir permiso, intentando arrastrarte mediante la imaginación hacia algo tan volátil como la libertad? Pero allí estaba ella, pensativa, con una mirada que le hacía aparentar un misterio que con seguridad no poseía. Todo es maravilloso cuando no sale de la ficción, la verdad es casi siempre detestable por su cruel banalidad. Sería fantástico que solo nos alimentáramos de sueños pero hemos heredado la fatal necesidad de los chimpancés de palparlo todo, desenmascarando nuestras ilusiones con la certeza de la simplicidad. Sólo hace falta un timbre de voz erróneo para arrastrarnos de nuevo a la realidad de la vulgaridad humana.
Como adivinando las cavilaciones del escritor, se marchó en silencio evitando cualquier muestra que rompiera su buen sabor de boca. Tras la oportuna huida de su esporádica musa, se sintió inquieto. Últimamente se ponía nervioso ante la gente. Aunque no le importaba lo más mínimo, no podía evitar ser consciente de sus actos y seguir sus conversaciones. Sofocado intentaba evadirse en la lectura de su libro, pero la mujer de al lado se quitó el abrigo. A la que estaban retocando empezó a criticar el peinado hecho el mes pasado. La muchacha que barría se miró el reloj con desgano. Todo era absorbido por su mente menos en lo que quería centrarse. Esas informaciones entraban en él de manera simultánea, dejando la lectura en un segundo plano, donde las palabras del maestro Vargas Llosa flotaban entreteniendo su subconsciente.
Siempre tenía que levantar la mirada para observarla. Este proceder la había hecho poseedora de una falsa altura, malentendido que sus ojos no habían querido desenmascarar cuando han tenido la oportunidad. Como la mayoría de pelirrojas es excesivamente blanca, si no fuera por su perseverante sonrisa su semblante tendría la aureola de las mujeres de Poe. Con frecuencia comete la estupidez de modificar el carmesí de su melena mediante ocres de moda, falta de gusto que le añade algunos años. Aunque nunca ha tocado su piel sabe que es tersa, suavidad por seguro conseguida mediante el lustre constante con cremas oleosas y panaceas aromáticas. La humedad de sus manos despierta ambiguamente la sensualidad de su cuerpo, que sin desperezarse deja que su mente se alimente de sus propias imaginaciones, las cuales se consumen en la hirviente visión de la cúpula rosácea de sus tornados senos, donde de una manera impúdica se le muestran erguidos los pezones.
Presiona las pupilas con sus párpados para sacudirse la imagen que le ha hecho sudar. Desde su asiento mira cómo su víctima continúa su quehacer ajena a la perversión de sus pensamientos; pero entonces se detiene y con una sonrisa en la que se trasluce complicidad se acerca a lavarle la cabeza, lo hace de una manera mecánica, no quiere que ese acto se convierta en la antesala del placer que le va a brindar. Utiliza agua fría para evitar que su predisposición al gozo estropee sus planes. Es tan obvio el ritual que no se inmuta ante la evidencia de sus actos, todo está bajo las claves de un guión no escrito.
Después de lavarle el cabello lo dirige con la mirada a otra silla, mientras le sigue en silencio. Puede sentir cómo sus ojos recorren su espalda. -No debí haberme puesto la camisa que llevo, es muy apretada y delata la dejadez de mi cuerpo- reflexión que pasa sin calar en él. Al sentarse de nuevo le desabrocha dos botones de la camisa. Sabe que no empezará con él hasta que todos se hayan ido, lo suyo necesita del silencio y la soledad, sólo entonces nota cómo la yema de sus dedos empieza a tocar su cabeza. Aunque conoce a la perfección la forma de su cráneo siempre sigue la misma secuencia
-como si fuera la primera vez que lo palpara-, para que luego la pulpa de sus dedos comiencen la danza que jugará con las fibras de sus sentidos. Baja sus manos para apretar obsesivamente su cuello, como quién pretende fundirse en las arremetidas de un amante. Luego, con sus artes, atrapa sus apelmazados nervios en la base, guiándolos por la carretera de las cervicales los conduce hasta su cabeza, que se emborracha con la sensibilidad que la envuelve, convirtiéndola en un enorme glande que la peluquera no deja de colmar de sensaciones. Luego, de nuevo, lo relaja, proceso totalmente necesaria para no romper las reglas de la ambigüedad.
Hacía tiempo que conservaba a la misma joven de aprendiz y por la naturalidad con que le mencionaba los nombres de amigos y familiares, demostraba que se había convertido en su confidente. Marc podía adivinar en los ojos de la muchacha la admiración que sentía por su jefa, una admiración no exenta de un cierto recelo, que por seguro aplicaba a todas sus relaciones personales. La perorata insaciable de la mayoría de las clientas y las rápidas respuestas prefabricadas de la muchacha disimulaban lo silencioso de su carácter, aunque bastaron pocos deslices del mismo para regalar el descubrimiento de que esta manera de ser no encerraba inteligencia como suele ocurrir, sino por el contrario una concienzuda ingenuidad. Con fingida naturalidad Marc provocaba deslices para husmear en busca de la fuente de su recelo, dando por seguro que éste no era algo inherente a su forma de ser.
Cuéntame que te pasó -parecía pedirle con la mirada. -Una noche siendo niña alguien en quien confiabas te leyó un cuento en la cama y tus suplicas para que dejara de tocarte se ahogaron en tu vergüenza ¿Lo recuerdas? ¿Fue eso? Imposible, a ti nunca te contaron cuentos, como tampoco a tus padres. Esas cosas se notan. Tal vez te enamoraste por primera vez de la persona equivocada, abriendo tu cuerpo a un indeseable que luego te engañó. La vaga forma que se intuye tras la bata parece negarlo.
¿Dónde viste el mal? ¿Qué cara tenía ese demonio? ¿Qué fue lo que te hizo? ¿Por qué no me lo cuentas?

Mientras observaba disimuladamente el reflejo de la muchacha en el espejo, una voz lo arrancó de sus divagaciones.-Marc, ya estas- dijo la peluquera con un tono en el que nuestro amigo creyó reconocer cierta celosía.

Texto extraído de la novela inédita "No tienes porque hacerlo"

Jorge Maruejouls 

La librería


Tuvo que esforzarse por vencer la tosca resistencia de la puerta. Dentro echó un vistazo y fingiendo desdén, se encamino a la sección de novedades para acariciar con su pulgar las relucientes portadas de las últimas publicaciones. Mientras su sexto sentido absorbía todas las miradas, miradas a las que desde joven estaba acostumbrado. Después de envidiar algunas portadas de los grandes sellos, se dirigía a las estanterías de los libros de bolsillo donde sacaba de su chaqueta una postal en la que tenía apuntada la lista de los que pretendía comprar ese mes. Siempre apuntaba más de los que podía leer, y sólo cuando los tenía delante escogía los cinco o seis que lo acompañarían a casa. Entregado a esa labor iba recibiendo saludos de las dependientas que se cruzaban con él. A veces hacía pausas para seguirlas con la mirada mientras se alejaban, saboreando cualquier cambio en sus cuerpos, aunque su mente se mantenía siempre fiel a una mujer que rondaba los cuarenta, que por lo que había deducido, era amiga de la familia propietaria y ejercía de satélite entre el almacén y los mostradores, dando pie en más de una ocasión a que Marc, aprovechando su situación de escritor publicado, accediera a aquellas profundidades con ella, buscando algún ejemplar descatalogado. Aunque en dichas profundidades, donde el polvo ahogaba historias escritas, se desnudaban con la mirada, jamás se atrevieron a decir algo que sus ojos gritaban.
Desde la primera vez que la había visto se había sentido atraído por ella, no es que fuera guapa, pero tenía algo que la hacía interesante. Tal vez serían sus ojos pequeños, reservados, llenos de una curiosidad contenida. Seguro que había concebido, pero su cuerpo no se lo reprochaba. Percibía que esos pequeños pechos habían alimentado ya, algo bien disimulado por los refuerzos de sus sujetadores, los cuales por otra parte no lograban ocultar el atrevimiento de sus pezones. Vestía con una naturalidad no exenta de elegancia. Sus labios discretos como toda su cara, se le antojaban prohibidos. El ver su rostro roto por el goce del orgasmo sería una delicia, ¿cómo sería esa expresión en una mujer blindada por una apariencia estática? La maravillosa posibilidad de absorber ese gesto más que el hecho de poseerla en si, lo cual se le presentaba hasta vulgar. Sí, en esa expresión residía el clímax, en poder saborearla, no en poder tragársela, sería un placer tan intenso que buscaría el sabor entre sus recuerdos durante mucho tiempo.
La librería donde el joven escritor se sentía tan cómodo, era en si el desorden idealizado en todo literato y lo mejor de todo era que se palpaba en sus paredes cubiertas de estanterías una vejez mimada, aquella que sólo saben dar los grandes enólogos. A tan sólo unos pasos estaba un grupo que reconocía como los iluminatis de Girona, sobrenombre que les había otorgado secretamente dado que, al coincidir con ellos en algunas ocasiones, había percibido su afán por mostrarse como conocedores de una verdad negada a los demás. El ansia elitista de ese grupo había caído en tal ridículo, que en ocasiones se llamaban entre ellos, con nombres del club Pickwick en remembranza de aquella infantil novela de Dickens, con la seguridad de que nadie reconocería a qué se referían otorgándose esos nombres, como si la obra de Dickens fueran los manuscritos del mar Muerto. Encorvaban su cuerpo exageradamente mientras hojeaban raros ejemplares de escritores poco conocidos, de vez en cuando lanzaban exclamaciones que se hacían sentir en toda la librería ante algo que habían leído, proclamando en esos versos la verdad absoluta de la literatura. Aunque no se podía negar que eran hombres leídos, Marc los consideraba obscenos en la forma y ridículos en el discurso. No obstante, siempre mantuvo alejada la tentación de mantener una conversación con ellos -que por seguro derivaría en un ataque directo a la fatuidad de su intelectualismo- debido al respeto que sentía por David, joven filólogo de exquisitas lecturas que trabajaba en la librería, al que le gustaba coquetear con ese grupo. Marc estaba seguro por lo que escuchaba en ellos que eran más de teoría que de práctica. Debido a su formación autodidacta sentía gran respeto por aquellos que habían estudiado literatura o filología, siempre y cuando ello fuera acompañado por numerosas lecturas y no sólo por las que la universidad obligaba. Él mismo se había tenido que ejercitar en no estancarse en el estilo o la época que más le gustaba, dando saltos en el tiempo y en los autores para que su escritura fuera rica en matices, con la máxima de que la lectura por encima de todo tenía que ser un placer. Así fue como desechó algunos clásicos al cabo de las cincuentas primeras páginas, aunque todos los críticos señalaran esa obra como indispensable. Había leído lo suficiente para tener su propio criterio, y se había cultivado lo necesario para que no lo echara atrás la riqueza del vocabulario de algunos escritores.
Por otra parte también se podía percibir que, si bien para Marc dichos personajes eran ridículos, él para ellos era un intruso en el mundo de la literatura. Siempre se habían mantenido expectantes por su quehacer entre las estanterías de los libros de bolsillo; en más de una ocasión había sentido cómo sus miradas escudriñaban entre los libros que iba apartando, a la vez que cuando reconocían uno, no ocultaban desdeñosas sonrisas. Sí, Marc era un intruso de obra publicada que por principios se negarían a leer, principios que residían en la cobardía de descubrir en él a un buen escritor. Ellos que con total seguridad no habrían pasado de algunos versos escritos en una libreta, la cual, indudablemente, mantenían oculta ante el pavor de mostrarla a nadie, pudiendo descubrir tras ello que sus letras no despertaban interés alguno. Sí, mirarían toda su vida esos escritos, los leerían y releerían hasta el agotamiento, se masturbarían ante el estancamiento de la página en blanco y morirían afirmando ser poseedores de una gran obra jamás mostrada -tal vez porque según ellos el mundo no está preparado para su arte-. Venga no jodan más, para ser escritor la primera regla es escribir.
Texto extraído de la novela inédita "No tienes porque hacerlo" de Jorge Maruejouls

EL INVESTIGADOR (segunda parte)

Llamó a la octava puerta, a tan sólo unos doscientos metros de la escena del crimen. La careta de quién cumple la rutina de recoger datos, ocultaba la esperanza de que el asesino se hubiera escondido en alguna de las casas de los alrededores. Un tipo le abrió la puerta y le invitó a pasar con la amabilidad de quién espera su visita, pero la extrañeza por su recibimiento fue en declive ante la naturalidad que mostraba el individuo. En un acto de debilidad, causado tal vez por el estrés acumulado, se le escapó a Vargas la posición macabra con la que se encontraban a las víctimas. Esto no varió la tranquilidad pasmosa del individuo, su estoicismo no lo incriminaba, y Vargas lo sabía. Decidió marcharse y no perder más tiempo en esa casa, pero no sin antes darle una tarjeta por si recordaba algo. Cuando se metió la mano en el bolsillo descubrió que la última se había quedado en la casa anterior, pidiendo al anfitrión un boli y un papel y, abusando de su amabilidad, un vaso de agua. Mientras el individuo fue a hacer realidad su deseo, reposó su espalda acartonada por los nervios sobre el respaldo del sofá y tras aspirar profundamente, descubrió algo extraño en el aire, cerró los ojos intentando que su memoria olfativa le contara que era aquello que corrompía el ambiente. Una palabra asomó en su mente, “aguarrás”. Se levantó y se acercó a la pared más cercana para observar uno de los cuadros que antes no le había llamado la atención. Eran todos de estilo impresionista, aunque era un negado del arte, pudo reconocer que eran imitaciones de los maestros de esa técnica: Van Gogh, Monet, Gauguin. Las paredes estaban llenas de esas pinturas, le extraño no haberse percatado de ellas hasta ese instante. Resaltaba la tosca mediocridad de las mismas.

-¿Pinta usted?

-No en absoluto -le contestó sin perder naturalidad, pero la mirada de incredulidad del inspector ante la evidencia del olor a trementina, obligó a justificarse.

-¡Ah!, lo pregunta por el olor a disolvente, es que he limpiado unas herramientas que había desenterrado del garaje. Los cuadros que está mirando, los heredé de mi difunta madre. En tanto que el individuo decía esas palabras, Vargas, de pie ante otro de los cuadros, escribía el teléfono seguido de su rango. Al devolverle la estilográfica, le extrañó la manera supina con que recogía la pluma, como si se tratara de un pincel. Le miró a los ojos y vio la misma tranquilidad que no lo había abandonado durante toda la conversación, reflexionó y cayó en la cuenta que aunque le satisfacía ese hacer, nunca había sido recibido con tanta normalidad. La gente se desconcierta cuando un inspector entra en su casa. Era demasiado extraño para que pasara inadvertido, algo le decía que no se fuera aún, tenía la seguridad de que le decía la verdad, pero su serenidad lo había puesto en alerta. Sin decir nada, se acercó al más grande de los cuadros. Estaba en la pared principal de la sala, pero al dirigirse a él, pasó por el pasadizo que conducía a las habitaciones de la casa. Una vaga ojeada le bastó para que le llamara la atención un cuadro que yacía en el fondo y como si su anfitrión no existiera, se encaminó hacia la nueva imagen descubierta. Era tan difusa que en la distancia no alcanzaba a distinguir lo que representaba, pero un enorme magnetismo lo atraía hacia ella.

Mientras se acercaba, iba reconociendo con esfuerzos como cobraba una forma que le era familiar. El naranja y el amarillo se entremezclaban como color de base, mientras que las pinceladas que delimitaban la figura central se fundían cromáticamente con el fondo. Diferentes grises acababan de difuminar el cuadro dándole una impresión etérea. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se le corto la respiración al comprobar que el lienzo era la réplica de una bailarina. La misma postura en que se encontró a la primera víctima. Se le nublaba la vista y notaba como sus piernas le flaqueaban. Ahora estaba seguro que los ojos que sentía en su espalda eran los del asesino, de la misma manera que no dudaba que el vaso de agua consumido llevaba algún tipo de droga, sin saber por qué, tocó el lienzo con el pulgar comprobando que el óleo aún no estaba seco. Escogió no ralentizar su fin y en un intento desesperado, sacó su revolver justo antes de perder el conocimiento. Para su sorpresa, el individuo, en una posición estática, mantenía el bisturí en la mano. Parecía dudar sobre la posibilidad de salir indemne del crimen que estaba a punto de cometer. Pero Vargas no tenía ninguna duda, no estaba dispuesto a permitir que se convirtiera en un ratón de laboratorio, al cual por seguro, mimarían los médicos con la esperanza de encontrar dónde se distorsionaba su realidad. No iba a consentirlo, además, podría perder el conocimiento en cualquier momento y padecer la misma suerte que aquellas mujeres. Así que sin dirigirle palabra, le vació el cargador en el pecho. Cuando hubo gastado la última bala, recibió un aviso de radio; la joven había muerto camino del hospital. Escuchó en silencio, tras lo cual: -Solicito apoyo, agente herido, calle Balaguer 5 -soltó la emisora acompañándola en su caída.

Se frotó los ojos intentando huir de esos recuerdos que parecían haberse tatuado en su cerebro. Los asesinatos actuales habían ocurrido en lugares abiertos, por lo que sus primeras pesquisas fueron enfocadas a buscar posibles testigos y no en arrestos indiscriminados como había hecho la comisaría del Raval. Cada día iba a la calle Sant Pau a la hora en que había ocurrido el asesinato, esperando descubrir a alguna persona que hiciera ese recorrido en esa franja, era muy probable que alguien hubiera visto algo y por miedo a involucrarse no se hubiera presentado en la comisaría. La gente de estos barrios desconfía de la policía por norma. Pero no encontró ni una pista, se podía percibir tras el asesinato la efectividad del tan tan Barcelonés. Una calle apestada que si en anterioridad algunos transeúntes la hacían servir, estaba totalmente demostrado que pasaría algún tiempo antes que volvieran a ejercer su derecho a uso. Así fue que el séptimo día de guardia declinó esa táctica, pero en vez de volver a su piso de Girona, paró en el bar cercano para calentarse el cuerpo con un buen escocés, costumbre que había vuelto a hacer habitual desde que aceptó el caso. El hombre de rostro avinagrado que le sirvió, resulto ser de Madrid, por lo que al reconocer su acento se quedó a su lado buscando un tema de conversación. Media hora después, cuando el calor del tercer escocés lo rebozaba y las palabras del hostelero rebotaban en su somnolencia como el eco de sonidos ajenos, la palidez de una escuálida mano invadió el campo de visión reducido al marco de su trago. El efecto lívido de la misma era tal, que se podía adivinar el azul de sus venas. Cuando hubo desaparecido, un pequeño papel acompañaba su copa. Sin mirarle pudo sentir como el niño repetía la misma operación con los otros clientes. Sabiendo de lo que se trataba, dejó sobre el papel un euro, se giró para saciar su ociosa curiosidad y vio de espaldas la silueta del niño. Estaba demasiado delgado, aunque su apariencia aún era sana, inconscientemente se alegró de que ya no estuviera en el lugar del que hubiera venido, fuera el que fuera. Aquí, en este país de necios de memoria perdida, tendría una oportunidad.

Tras esta reflexión, cayó en la cuenta que mientras aletargaba, el camarero no había dejado de parlotear, así que haciendo un esfuerzo por ser amable, se interesó por el tema del que hablaba ahora, con el afán de dejar una opinión y marcharse a casa, cuando se percató cual era. Lo recibió como una desagradable sorpresa: -Antes teníamos que vérnosla con aquellos apestosos negros y sus relojes de mierda o esos putos moros cargados de alfombras, ahora tenemos esta nueva lepra. Vienen familias enteras del este a vivir a nuestra cuesta. Sí amigo, este gobierno de sociatas de mierda los alimenta con nuestros impuestos; sus hembras han tomado las carreteras, los hombres están todo el día viendo la manera de entrar en alguna casa a robar, y encima mandan a sus bastardos para que recorran bares y calles con sus papelitos explicándonos su mierda, como si nos interesara algo, y aunque así fuera todos sabemos que es una farsa. Todos llevan el mismo mensaje, deberían echar a todos estos “ácaros” (palabra en la que exageró el tono en alarde a su conocimiento).

Vargas tenía por costumbre ponerse en la piel de la persona que daba su opinión si esta no era acorde a sus ideas, pero el intento de entender los motivos de su paisano para odiar a los emigrantes solo acrecentó su rechazo hacía aquel. Él, había sido testigo de excepción de los estragos que habían ejercido en Madrid las nuevas mafias, mucho más cruentas que las autóctonas, pero también era consiente que gracias a la llegada de esa masa emigratoria, muchos parques donde antes solo se veía ancianos, ahora se inundaban con las risas de niños, niños que harían de la ciudad su hogar. Empleos que nadie quería ejercer debido al acomodamiento de la población, volvían a ser ocupados con una ilusión inaudita para una generación de españoles que no ha conocido el hambre. Sí, lo que veía era abundancia de gente de orgullo recuperado que llenaría su boca con la palabra España, siendo en verdad ellos y no los caducos de siempre, los que comprendieran el verdadero sentido de este espacio geográfico, sentido como una reunión de pueblos que luchan juntos por un bienestar común. Este raciocinio, en cierta forma incomprensible en una persona con tan poco mundo como Vargas, tenía su semilla en las mil historias que le explicó su abuelo, un exiliado gallego que tras haber ganado una guerra civil, se tuvo que enfrentar con algo peor que las trincheras “el hambre de su familia”. Aceptando como única solución emigrar a Alemania en busca del trabajo con el que alimentar a sus hijas y su mujer que se quedaron en Madrid. Epopeya que le negó ver crecer a su prole, con la recompensa de volver a su hogar con el futuro ya encausado por el sudor de su frente, gozando de una vejez rodeada de sus nietos, a los que claro está, no escatimó tiempo para contarles todas sus aventuras y penurias. Concienciándolos sin tener idea del futuro tan distinto que les deparaba el pasar de los años.

Cuando hubo escogido la manera más agria con la cual expresar lo que sentía por una persona tan xenófoba, esperó anhelosamente un respiro en la perorata de aquel detestable. Además ahora, el cansancio se le hacía presente en el peso de sus parpados, fue entonces cuando el camarero dirigió su discurso hacia el caso que investigaba: -Ahora que parecían haber desaparecido, por lo cercano del asesinato de aquel sudaca, con la obra donde se apilonaban al anochecer estos piojosos. Resulta que este mierdecilla sigue viniendo, yo ya le he azuzado el perro un par de veces, pero el cabrón es muy rápido y viene a mi bar a pedir cuando está lleno. Sabe que a los clientes no les gusta que lo eche y se aprovecha, pero algún día lo pillaré. Vargas, tras escuchar sus palabras, miró el lugar donde había depositado el euro. No estaba ni la nota ni la moneda, el muchacho había marchado. De golpe se descolgó de su letargo y dando un bote salió del bar a toda prisa. Miró a la derecha y a la izquierda, no vio nada. En su reloj eran las nueve, aún era pronto y el niño podía hacerse otro bar cercano. Pero no veía ninguno a la vista, decidió entrar y consultar al propietario por la dirección del más cercano. Cuando iba a hacerlo, descubrió que el detestable salía por la puerta de servicio continua a la suya: -Se te ha escapado el pequeño -una sonrisa lasciva enmarcaba el final de su frase.

La adusta del inspector fue suficiente para arrancar de aquel individuo aquella expresión.

-¿Cuál es el bar más cercano y en qué dirección está?

-Este es el único de la zona, el próximo queda a unos quince minutos caminando y le aseguro que mi compadre Alejandro, dueño del local, nunca deja entrar a estos parásitos, bien es sabido como a más de un emigrante que merodeaba la calle de su bar, le ha soltado el Rottweiler. Vaya perro, ese animal es de lo más noble e inteligente, mi compadre me ha contado, que cuando ve a un emigrante se pone atacado, es como si su olfato le indicara la porquería.

El desasosiego por haber tenido cerca a un potencial testigo, volvió a hundirlo en el letargo anterior. Mientras a su vera, el indeseable propietario retomaba su perorata, tan cercano a su rostro que lo bombardeaba con salivazos, aquel ser lo enfermaba, sabía que la regurgitación que sentía era el preámbulo a una noche de dolor. Le hubiera gustado sacudirse a ese individuo con un puñetazo, estaba seguro que debido a personas como esa padecía esos terribles dolores de estómago. Ellos eran los culpables de que su vientre se hubiera convertido en una bolsa sanguinolenta. No habían sido los asesinatos de Madrid, no, él ya padecía de esos dolores cuando patrullaba las calles, es más, estaba seguro de haber empezado a tenerlos en la academia, cuando tipos ulcerativos como el que tenía ahora a su lado, se habían salido con la suya. Tal vez, si hubiera sido capaz de atizarle a más de uno, hubiera aprendido a no tragarse la mierda que habría las yagas de su estómago. El camarero, por otra parte totalmente cómodo con su discurso, no cesaba en su inconsciente afán de desmantelar la paciencia de Vargas; la idea de arrearle volvió a pasar por la cabeza del inspector, pero la desechó por ridícula.

Le dio una tarjeta y con voz firme le ordenó: -Si vuelves a ver a este muchacho llama inmediatamente a este teléfono.

Tras leer en la tarjeta que el receptor de sus confidencias era un inspector de policía, se acojonó, e intentando recordar si había dicho algo que lo comprometiera, no se persuadió como Vargas se marchaba.

Texto extraído de la novela inédita "No tienes por que hacerlo" Jorge Maruejouls

EL INVESTIGADOR (primera parte)


Se abrochó la pistolera con el desgano habitual. No entendía muy bien los motivos que lo habían llevado a enrolarse en esa aventura justo ahora. De lo que estaba seguro es que la sucesión de hechos que desbordaban a los agentes de policía era algo insólito hasta ahora en Catalunya y sobre todo, en un cuerpo tan joven como el de los Mossos d’Esquadra. Para entonces estaba esperando respuesta a su posible jubilación anticipada, la que en vista de los últimos sucesos sería con seguridad denegada. Él, que se marchó de su Madrid natal para alejarse de ese tipo de casos, veía como la fortuna de tres años de tranquilidad le pasaba factura. Sí, hacía tres años que aprovechando las charlas de formación que daba en la escuela de policía autonómica había conseguido su traslado a ese cuerpo, sin que por esto perdiera su rango de inspector. También se aseguró de que la comisaría a la que sería destinado perteneciera a una ciudad ajena a los dramas de las grandes urbes. Todo este cambio no sólo respondía a su estabilidad psíquica, la automedicación había dejado de distraer, hacia mucho, la llaga sanguinolenta de su estómago. Aunque en algunas ocasiones Girona le mostrara su peor cara, desechaba al instante la idea de pedir destino en uno de esos pueblos solitarios del interior de Catalunya; necesitaba del anonimato de las ciudades. Exceptuando estas desagradables ocasiones, Vargas pasaba por sus mejores momentos. Ya de vuelta de muchas cosas, consideraba que la felicidad era la cotidianidad sin sorpresas, pero esto parecía haber cambiado de golpe y ahora, en el gabinete de crisis de los Mossos, se veía envuelto por las fotografías de las víctimas encontradas. Cuanto más las miraba, más se convencía de que algo se escapaba a su entendimiento.

Todo había empezado cuando el Conseller en Cap Joaquín Nadal, leyó un artículo de la prensa nacional en el que se reflejaban las coincidencias insalvables entre el asesinato del Raval y el de Girona. Enseguida el animal político que llevaba dentro, le dio la perspectiva de la catástrofe que se le avecinaba al nuevo gobierno autonómico. Su primer paso fue reunirse con toda la cúpula de los mossos. Cuando los tuvo delante, se percató que los más altos cargos de aquel cuerpo apenas rondaban los cuarenta, algo comprensible debido a la obsesión del gobierno anterior por crear una policía totalmente nueva, dejando de lado muchas veces a los veteranos pertenecientes a cuerpos del gobierno central. Hacer que buscaba mayor fidelidad a la autonomía catalana. Nadal enfocó la reunión con la suficiente cautela para no dañar el ego de los presentes, pero sin dejar de insistir en que, el que parecía ser el primer caso real de asesinatos en serie en Catalunya, debía ser llevado por un agente con experiencia en estos casos. Comprendiendo sus palabras, todos los presentes se miraron atónitos dejando entrever que en sus respectivas dependencias no conocían a nadie con aquella característica. Tras unos segundos durante los cuales Nadal sufrió una terrible angustia, se escuchó en la estancia un tímido carraspeo. Provenía del Jefe de Girona, tras haber conseguido la atención de todos los presentes. Cabezas se irguió sobre su asiento y con una voz suave pero contundente en su claridad, expresó que en su comandancia se había reinsertado un inspector de Madrid que había estado al cargo de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), la más importante de España en criminología, pero cuya jubilación anticipada justamente se estaba tramitando ahora. Esas palabras ocasionaron, un discreto cambio en la comisura de los labios del sabido Nadal. Ahora, rodeado por las fotos de aquellos cuerpos, algo perturbaba a Vargas. No era el hecho de estar entre esas imágenes sangrientas. Él había tenido que llevar los casos más dantescos de Madrid. Aunque nunca se acostumbró, sí curtió su temple lo suficiente para que la visión de los muertos no enturbiara su mente. Lo que le acosaba era que su sexto sentido le advertía que había algo diferente en esos asesinatos y los que había visto durante su dilatada carrera. El objeto punzante utilizado en los dos casos era el mismo y según afirmaban los forenses, se trataba de un bisturí, instrumento que bien conocía, dado que el primer caso de homicidio que llevó en Madrid fue tan solo el inicio de una serie de asesinatos cometidos con ese instrumento. De esto ya hacía veinte años y aunque el Vargas de ahora no tenía mucho que ver con el de entonces, recordaba con complicidad la angustia que había sentido durante esas eternas jornadas en las que no había nada que hacer. Atascado en una investigación que sólo esperaba que en el siguiente crimen se cometiera algún error, la esperanza de encontrar una señal por donde empezar. Fue por aquellos años cuando comenzó a automedicarse con los ansiolíticos que le brindaban treguas necesarias para dormir, mientras tranquilamente el asesino estudiaba su siguiente bailarina.

Sí, por que sus víctimas siempre eran encontradas en posturas que imitaban momentos del ballet clásico. El homicida, temiendo que el rigor posmorten estropeara su obra, les rompía las articulaciones en pos de una elasticidad perfecta. Vargas siempre había carecido de la sensibilidad necesaria para entender algunas expresiones artísticas, y debido a su carácter pragmático, desconfiaba del exagerado egocentrismo de algunos creadores. Estos casos acabaron desvirtuando cualquier intento por comprenderlos. Reconocía que las atrocidades de su asesino eran fruto de una demencia totalmente ajena a la creación artística, pero íntimamente creía que en la búsqueda de la misma residía el germen que había desquiciado a ese individuo. Mientras los recuerdos del caso del Ballet seguían levitando por su mente, acercó su lupa a la imagen sin vida del joven peruano y observó vagamente los hematomas de su rostro. Con un movimiento imperceptible de su muñeca enfocó los primeros cortes visibles; eran profundos y limpios, en ellos se podía apreciar perfectamente el temple de su homicida. Esa manera de hacer le inquietaba, porque en ella delataba una cierta práctica, pero no había encontrado casos precedentes en los archivos de Catalunya. Lo peor de esos cortes era la falta de pasión, rabia o miedo, que siempre le habían servido para intentar ponerse en la piel del agresor. Era como si no hubiera sentido nada al acabar con esas vidas, en ningún momento se podía distinguir por la trayectoria un ápice de emoción. La frialdad con que se habían ejecutado era de una sobriedad espeluznante. No había duda de que el autor del asesinato del Raval era el mismo que el de Girona. El primero lo había seguido por la prensa ya que la jefatura de esa zona fue la que se hizo cargo. La víctima era un chico peruano, por lo que la noticia llegó a la prensa como uno de los ya comunes ajustes de cuentas entre bandas sudamericanas, pero después de los primeros días de investigación se descartó esta opción al verificarse la falta de cualquier vínculo entre esas pandillas y el joven inmigrante, el mismo que si estuviera vivo cumpliría hoy veinticinco años. El detonante de la muerte había sido un corte penetrante en el tórax izquierdo, según los forenses el resto de los numerosos cortes encontrados en su cuerpo habían precedido a la mortal incisión. El hecho de saber que no se había defendido daba una nota macabra al asunto, aunque después de encontrarse la notificación de repatriación que tenía en su bolsillo, se podía adivinar la causa para no luchar. La policía, además, estaba segura que su agresor era alguien conocido, dado que había tenido que estar muy cerca para ocasionarle esos tajos. Esto apuntaba a que la víctima confiaba en él. Por la ajena saliva encontrada en sus labios, se investigó la posible relación con círculos gays de Barcelona, pero tampoco se descubrió nada al respecto. Era de suponer que el asesino necesitaba, por encima de la confianza, la seguridad de su fuerza para acercarse tanto, por lo que el perfil con el que se trabajaba era el de un hombre fornido. El nerviosismo con que se habían llevado las primeras pesquisas y la falta de experiencia para este caso, se hacían latentes en la comisaría número veintitrés. El Jefe Samuel se negó a reconocer la importancia con que veían el caso sus mandamases políticos, condicionados por el miedo escénico que le tenían a la prensa. Aunque se intensificaron las redadas, se hicieron turnos intensivos y se investigaron a los presos que disfrutaban de permiso aquel día, no descubrieron nada. Sólo consiguieron llenar los despachos con declaraciones absurdas de vagabundos alcohólicos, putas enganchadas y acojonados moros. En tanto, los sospechosos habituales llenaban las carceletas de una manera preventiva. Por suerte para el comisario Samuel, el asesinato fue olvidado en pocos días por la prensa. Sí, todo parecía marchar sobre ruedas hasta que el periodista Pedro Escribano, que había cubierto el asesinato en el barrio del Raval, descubrió las coincidencias en el modus operandi entre éste y el inexplicable caso de Girona. Ahora Vargas tenía ante si el marrón servido, llegaba tarde ese reto, ya estaba cansado de luchar, ¿pero qué hacer? Estaba seguro que los catalanes no aceptarían que alguien cualificado del gobierno central llevara el caso, con lo cual él era el único que podía hacer frente a ese animal. ¿Pero, con qué fuerzas? Ahora que sólo quería descansar tenía que enfrentarse a un nuevo monstruo. Sabía que había algo más en esa reflexión, había miedo. Levantó la vista, dejó la lupa sobre la foto de la primera víctima, miró la del obrero y, con un tono que sonaba a súplica, preguntó a la imagen: ¿qué te contaron sus ojos? Su deber no era sólo con sus superiores, sino también con aquellos pobres diablos que podían ser los siguientes. Se sacudió la cabeza intentando convencerse de que el asesino del bisturí era su presa, un loco más que no tardaría en cometer un error, y él un sabueso experto que estaría preparado para ese momento. Sí, la mayoría de veces las cosas son más sencillas de lo que esperamos. El caso del ballet, que no había dejado de levitar por su subconsciente, lo trasladó a la tarde en que habían encontrado a la quinta víctima.

Unos trabajadores del alcantarillado municipal habían dado el aviso a la policía, la cual alertó de inmediato a la UCO. Estaba conectado a la emisora de radio de la unidad las veinticuatro horas, por lo que fue uno de los primeros en llegar a la escena del crimen. Además, había alquilado un estudio dentro de la zona en que operaba el asesino. La policía empezaba a acordonar el perímetro. La posición en que Vargas encontró el cuerpo no variaba mucho de los otros, sólo la palidez de su rostro delataba su presencia, mientras que el resto estaba cubierto por un manto de hojas secas que con seguridad serían como en los otros casos de lugares distintos. Le extrañaron los montículos formados, parecía que algo hubiera precipitado al asesino a abandonar la manera habitual con que cubría los cuerpos. Se puso los guantes y, controlando la ansiedad por encontrar otra anomalía que lo acercara al agresor, empezó a expulsar las hojas que cubrían a la joven. Lo primero que quedó al descubierto fue su pierna derecha. La emoción recorrió el cuerpo de Vargas, se podía apreciar perfectamente que esta vez la extremidad no estaba rota. Con un grito que parecía un alarido, ordenó a sus compañeros que cortaran todas las calles inmediatamente en un perímetro de un kilómetro. Cuando estos seguían aún estupefactos por la orden, acercó su oído a la boca de la víctima y escuchó el susurro de dios en la exangüe respiración de la muchacha. ¡Un médico, por Dios un médico, aún vive! Sin dar más órdenes, se levantó, quitó el seguro de su arma y, tras mirar a su alrededor, se encaminó en dirección a la calle más estrecha, alejándose del alboroto de los agentes que intentaban que la víctima volviera en sí, por temor a que pereciera mientras llegaba la ambulancia.

Texto extraído de la novela inédita "No tienes por que hacerlo" Jorge Maruejouls

EL FOTOGRAFO

La claridad multiplicada por el reflejo de la nieve se filtraba entre las comisuras de la persiana creando etéreos caminos que atravesaban el espacio cargado de silencio, juerga de puntos luminosos que dibujaban los cuerpos desnudos de las dos jóvenes. La mayor reposaba la pierna y el brazo por encima del cuerpo de la otra, como evitando una posible huida, mientras que su rostro rozaba esa piel cargando sus sueños con el olor de la amiga y ahora ocasional amante. Dani, con extremo cuidado por no despertarlas, se incorporó de la cama, era un momento demasiado mágico para estropearlo y estaba seguro que si lo hacía, desprovistas ahora de la inhibición que da el alcohol, se arrepentirían del libre albedrío que había gobernado sus mentes calenturientas. Por un momento sintió un vago orgullo al sentirse cómplice, no, conductor de esa relación, que aunque deseada en menor o mayor medida por todos, era la menos esperada. Nada en esa noche había sido previsto. Las conocía de la universidad, pero nunca habían entablado una conversación, su encuentro en el pub fue casual, del mismo modo que era casual que los tres tuvieran un motivo para estar alegres. Ellas habían acabado por fin los exámenes y podrían volver a las ciudades de donde venían. A él le habían publicado por primera vez unas fotos en una revista. Le parecía mentira que todo hubiera sucedido con la naturalidad en que había ocurrido: -Estas cosas, seguro que si las preparas no salen como quieres. -Pensó. Lo habían convencido para que las acompañara a casa a tomar la última copa. En ese momento de la noche estaban los tres bastante chispeados. Sabía que la mayor quería estar con él, deseo que compartía; la pequeña, por su parte, tampoco ocultaba con sus miradas coquetas su propósito de ir más allá. En el piso, tras poner algo de música, empezaron a jugar con él: lo iban tocando con atrevidas caricias, con la fingida actitud de intimidarlo, pero fue entonces cuando Daniel descubrió en los ojos de la mayor como se regocijaba de la sensualidad de su amiga. Aunque se mostraba contenida, era totalmente visible para él que estaba interpretando un papel con el cual se embriagaba del deseo de su compañera de piso. Dani miró de reojo la bolsa que contenía su Leica, cuánto hubiera dado en ese momento por poder plasmar el mirar de esa mujer, pero sabía que era imposible. Si no participaba del juego la magia de la morena desaparecería, así que rompiendo las barreras y sorprendiéndose el mismo besó a la más joven en los labios, que totalmente desinhibida abrió su boca como una flor. Inmediatamente después hizo lo propio con la otra, notando en ella un temblor más causado por la visión de su amiga besándose con él, que por el hecho de ser besada. Era como si de los labios de Daniel quisiera recoger con su lengua el sabor de su amiga. Tras besarla se incorporó en silencio pero con la presteza necesaria para que no reflexionaran en lo que estaban haciendo. Apagó algunas luces y fue a por la pequeña en busca de aumentar la excitación de la mayor, que inmóvil, observaba la escena sin perder los detalles con que Dani la incitaba.
La rubia por otra parte, había aceptado que su amiga la mirara, por lo visto esto aumentaba su deseo. Primero fue un roce ocasional, luego atrajo el cuerpo de la joven cerca de su amiga, a la cual ahora hacía caricias que eran respondidas con un estoico mutismo. Poco a poco fueron quitándose la ropa él y la joven, y siguiendo las peticiones de Dani, la mayor hizo lo mismo. Embriagadas por la sensualidad del momento quedaron entre caricias los tres desnudos. Aunque lo que más deseaba era poseer a la mayor, confiaba en su proceder. Empezó a hacer el amor con la rubia complaciéndose de que ésta cerrara los ojos poseída por el placer que la dominaba. Mientras él podía mirar a la mayor, que se deshacía imaginando ser la causante del placer de su amiga. Cogió su mano y la puso sobre el pubis de la pequeña para que sintiera la contracción de la joven tras cada arremetida. Ahora la mayor abría la boca como queriendo acompañar con su aliento cada gemido de su amiga. Casi no lo veía, sus ojos estaban hipnotizados por el gozo de cada gesto de la otra. Dani yendo más allá, acercó la boca de la mayor a la de la joven haciendo que se besaran, cosa que tras una primera paralización, acabó desencadenando más excitación en la pequeña. Él aprovechó para, sin dejar de tocarla ir a por su amiga, que ahora ocupaba su papel fundiéndose con su compañera de piso, la cual no dejaba de disfrutar por ello. Aunque le satisfacía penetrar ahora a la mayor, no encontró la misma respuesta que la pequeña. Aún así consiguió el orgasmo, tras lo cual se deleitó en la carga erótica de lo que ocurría ante él.
El sol delataba un nuevo día, las chicas aún dormían y él robando el silencio de Morfeo sacó su cámara y empezó atrapar la sensualidad: La rebeldía del hirsuto pelambre ante la presión de un muslo ajeno. La sombreada y granulosa cima de unos torneados pechos. El fin de un bucle jugando con la comisura de unos labios. El vertebrado origen de un sendero bajo la prepotencia de unos glúteos. Las arrugas de un labio mustio enfrentadas a la protuberancia húmeda del otro. El nervioso contexto del empeine. La castiga piel de unas axilas. El reflejo de la luz en el fino bello de un vientre.
Nunca se imaginó que estas fotos iban a formar parte de su primera publicación en Lunwerg. Como si hubieran estado esperando el momento preciso en que terminara, despertaron tras la última foto. Daniel se puso rápidamente los pantalones mientras ellas aún levitaban entre sueño y realidad. Expectante ante las muestras lógicas de arrepentimiento que tendrían las jóvenes, hasta imaginó las palabras que utilizaría para quitar gravedad al asunto. Pero ellas, tras unos segundos en los que inspeccionaron su alrededor como buscando respuesta a lo sucedido en los escasos muebles de aquella habitación, miraron a Daniel como si formara parte de ese impersonal mobiliario, tras lo cual se besaron ignorándolo. Un beso que por lo extenso, incomodó al joven fotógrafo que decidió emprender su vuelta sin despedirse, puesto que el cariño mostrado entre ellas convertía en estúpida cualquier añadidura dialéctica.
Texto extraído de la novela inédita “No tienes por que hacerlo” Jorge Maruejouls