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@jorgemaruejouls Gracias Jorge, me recordó "el marido de la peluquera"
— ♫♬Angélica Pérez (@ballesterada) diciembre 31, 2013
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Sin palabras. @jorgemaruejouls jorgemaruejouls.blogspot.com.es/2012/11/lo-que…
— Magüi Cabral (@larubiadelabic1) 17 de marzo de 2013
@jorgemaruejouls Buenos días, Jorge. Es imperdonable: la primera vez que te leo. Muy poético el relato. Me parece fantástico.
— Pablo Hdez Walta (@PABLOHDEZWALTA) 19 de mayo de 2013
La librería

@jorgemaruejouls Conquistada:jorgemaruejouls.blogspot.com.es/2011/09/la-lib… el club Pickwik, jajaja. Me gusta.
— Magüi Cabral (@larubiadelabic1) 17 de marzo de 2013
Descubrir


@jorgemaruejouls Estupendo tu post "Descubrir". Me encanta tu estilo. Saludos, Celia
— Celia Arenal (@CeliaArenal) 16 de septiembre de 2012
EL INVESTIGADOR (segunda parte)
-¿Pinta usted?
-No en absoluto -le contestó sin perder naturalidad, pero la mirada de incredulidad del inspector ante la evidencia del olor a trementina, obligó a justificarse.
-¡Ah!, lo pregunta por el olor a disolvente, es que he limpiado unas herramientas que había desenterrado del garaje. Los cuadros que está mirando, los heredé de mi difunta madre. En tanto que el individuo decía esas palabras, Vargas, de pie ante otro de los cuadros, escribía el teléfono seguido de su rango. Al devolverle la estilográfica, le extrañó la manera supina con que recogía la pluma, como si se tratara de un pincel. Le miró a los ojos y vio la misma tranquilidad que no lo había abandonado durante toda la conversación, reflexionó y cayó en la cuenta que aunque le satisfacía ese hacer, nunca había sido recibido con tanta normalidad. La gente se desconcierta cuando un inspector entra en su casa. Era demasiado extraño para que pasara inadvertido, algo le decía que no se fuera aún, tenía la seguridad de que le decía la verdad, pero su serenidad lo había puesto en alerta. Sin decir nada, se acercó al más grande de los cuadros. Estaba en la pared principal de la sala, pero al dirigirse a él, pasó por el pasadizo que conducía a las habitaciones de la casa. Una vaga ojeada le bastó para que le llamara la atención un cuadro que yacía en el fondo y como si su anfitrión no existiera, se encaminó hacia la nueva imagen descubierta. Era tan difusa que en la distancia no alcanzaba a distinguir lo que representaba, pero un enorme magnetismo lo atraía hacia ella.

Mientras se acercaba, iba reconociendo con esfuerzos como cobraba una forma que le era familiar. El naranja y el amarillo se entremezclaban como color de base, mientras que las pinceladas que delimitaban la figura central se fundían cromáticamente con el fondo. Diferentes grises acababan de difuminar el cuadro dándole una impresión etérea. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se le corto la respiración al comprobar que el lienzo era la réplica de una bailarina. La misma postura en que se encontró a la primera víctima. Se le nublaba la vista y notaba como sus piernas le flaqueaban. Ahora estaba seguro que los ojos que sentía en su espalda eran los del asesino, de la misma manera que no dudaba que el vaso de agua consumido llevaba algún tipo de droga, sin saber por qué, tocó el lienzo con el pulgar comprobando que el óleo aún no estaba seco. Escogió no ralentizar su fin y en un intento desesperado, sacó su revolver justo antes de perder el conocimiento. Para su sorpresa, el individuo, en una posición estática, mantenía el bisturí en la mano. Parecía dudar sobre la posibilidad de salir indemne del crimen que estaba a punto de cometer. Pero Vargas no tenía ninguna duda, no estaba dispuesto a permitir que se convirtiera en un ratón de laboratorio, al cual por seguro, mimarían los médicos con la esperanza de encontrar dónde se distorsionaba su realidad. No iba a consentirlo, además, podría perder el conocimiento en cualquier momento y padecer la misma suerte que aquellas mujeres. Así que sin dirigirle palabra, le vació el cargador en el pecho. Cuando hubo gastado la última bala, recibió un aviso de radio; la joven había muerto camino del hospital. Escuchó en silencio, tras lo cual: -Solicito apoyo, agente herido, calle Balaguer 5 -soltó la emisora acompañándola en su caída.

Se frotó los ojos intentando huir de esos recuerdos que parecían haberse tatuado en su cerebro. Los asesinatos actuales habían ocurrido en lugares abiertos, por lo que sus primeras pesquisas fueron enfocadas a buscar posibles testigos y no en arrestos indiscriminados como había hecho la comisaría del Raval. Cada día iba a la calle Sant Pau a la hora en que había ocurrido el asesinato, esperando descubrir a alguna persona que hiciera ese recorrido en esa franja, era muy probable que alguien hubiera visto algo y por miedo a involucrarse no se hubiera presentado en la comisaría. La gente de estos barrios desconfía de la policía por norma. Pero no encontró ni una pista, se podía percibir tras el asesinato la efectividad del tan tan Barcelonés. Una calle apestada que si en anterioridad algunos transeúntes la hacían servir, estaba totalmente demostrado que pasaría algún tiempo antes que volvieran a ejercer su derecho a uso. Así fue que el séptimo día de guardia declinó esa táctica, pero en vez de volver a su piso de Girona, paró en el bar cercano para calentarse el cuerpo con un buen escocés, costumbre que había vuelto a hacer habitual desde que aceptó el caso. El hombre de rostro avinagrado que le sirvió, resulto ser de Madrid, por lo que al reconocer su acento se quedó a su lado buscando un tema de conversación. Media hora después, cuando el calor del tercer escocés lo rebozaba y las palabras del hostelero rebotaban en su somnolencia como el eco de sonidos ajenos, la palidez de una escuálida mano invadió el campo de visión reducido al marco de su trago. El efecto lívido de la misma era tal, que se podía adivinar el azul de sus venas. Cuando hubo desaparecido, un pequeño papel acompañaba su copa. Sin mirarle pudo sentir como el niño repetía la misma operación con los otros clientes. Sabiendo de lo que se trataba, dejó sobre el papel un euro, se giró para saciar su ociosa curiosidad y vio de espaldas la silueta del niño. Estaba demasiado delgado, aunque su apariencia aún era sana, inconscientemente se alegró de que ya no estuviera en el lugar del que hubiera venido, fuera el que fuera. Aquí, en este país de necios de memoria perdida, tendría una oportunidad.
Tras esta reflexión, cayó en la cuenta que mientras aletargaba, el camarero no había dejado de parlotear, así que haciendo un esfuerzo por ser amable, se interesó por el tema del que hablaba ahora, con el afán de dejar una opinión y marcharse a casa, cuando se percató cual era. Lo recibió como una desagradable sorpresa: -Antes teníamos que vérnosla con aquellos apestosos negros y sus relojes de mierda o esos putos moros cargados de alfombras, ahora tenemos esta nueva lepra. Vienen familias enteras del este a vivir a nuestra cuesta. Sí amigo, este gobierno de sociatas de mierda los alimenta con nuestros impuestos; sus hembras han tomado las carreteras, los hombres están todo el día viendo la manera de entrar en alguna casa a robar, y encima mandan a sus bastardos para que recorran bares y calles con sus papelitos explicándonos su mierda, como si nos interesara algo, y aunque así fuera todos sabemos que es una farsa. Todos llevan el mismo mensaje, deberían echar a todos estos “ácaros” (palabra en la que exageró el tono en alarde a su conocimiento).
Vargas tenía por costumbre ponerse en la piel de la persona que daba su opinión si esta no era acorde a sus ideas, pero el intento de entender los motivos de su paisano para odiar a los emigrantes solo acrecentó su rechazo hacía aquel. Él, había sido testigo de excepción de los estragos que habían ejercido en Madrid las nuevas mafias, mucho más cruentas que las autóctonas, pero también era consiente que gracias a la llegada de esa masa emigratoria, muchos parques donde antes solo se veía ancianos, ahora se inundaban con las risas de niños, niños que harían de la ciudad su hogar. Empleos que nadie quería ejercer debido al acomodamiento de la población, volvían a ser ocupados con una ilusión inaudita para una generación de españoles que no ha conocido el hambre. Sí, lo que veía era abundancia de gente de orgullo recuperado que llenaría su boca con la palabra España, siendo en verdad ellos y no los caducos de siempre, los que comprendieran el verdadero sentido de este espacio geográfico, sentido como una reunión de pueblos que luchan juntos por un bienestar común. Este raciocinio, en cierta forma incomprensible en una persona con tan poco mundo como Vargas, tenía su semilla en las mil historias que le explicó su abuelo, un exiliado gallego que tras haber ganado una guerra civil, se tuvo que enfrentar con algo peor que las trincheras “el hambre de su familia”. Aceptando como única solución emigrar a Alemania en busca del trabajo con el que alimentar a sus hijas y su mujer que se quedaron en Madrid. Epopeya que le negó ver crecer a su prole, con la recompensa de volver a su hogar con el futuro ya encausado por el sudor de su frente, gozando de una vejez rodeada de sus nietos, a los que claro está, no escatimó tiempo para contarles todas sus aventuras y penurias. Concienciándolos sin tener idea del futuro tan distinto que les deparaba el pasar de los años.
Cuando hubo escogido la manera más agria con la cual expresar lo que sentía por una persona tan xenófoba, esperó anhelosamente un respiro en la perorata de aquel detestable. Además ahora, el cansancio se le hacía presente en el peso de sus parpados, fue entonces cuando el camarero dirigió su discurso hacia el caso que investigaba: -Ahora que parecían haber desaparecido, por lo cercano del asesinato de aquel sudaca, con la obra donde se apilonaban al anochecer estos piojosos. Resulta que este mierdecilla sigue viniendo, yo ya le he azuzado el perro un par de veces, pero el cabrón es muy rápido y viene a mi bar a pedir cuando está lleno. Sabe que a los clientes no les gusta que lo eche y se aprovecha, pero algún día lo pillaré. Vargas, tras escuchar sus palabras, miró el lugar donde había depositado el euro. No estaba ni la nota ni la moneda, el muchacho había marchado. De golpe se descolgó de su letargo y dando un bote salió del bar a toda prisa. Miró a la derecha y a la izquierda, no vio nada. En su reloj eran las nueve, aún era pronto y el niño podía hacerse otro bar cercano. Pero no veía ninguno a la vista, decidió entrar y consultar al propietario por la dirección del más cercano. Cuando iba a hacerlo, descubrió que el detestable salía por la puerta de servicio continua a la suya: -Se te ha escapado el pequeño -una sonrisa lasciva enmarcaba el final de su frase.
La adusta del inspector fue suficiente para arrancar de aquel individuo aquella expresión.
-¿Cuál es el bar más cercano y en qué dirección está?
-Este es el único de la zona, el próximo queda a unos quince minutos caminando y le aseguro que mi compadre Alejandro, dueño del local, nunca deja entrar a estos parásitos, bien es sabido como a más de un emigrante que merodeaba la calle de su bar, le ha soltado el Rottweiler. Vaya perro, ese animal es de lo más noble e inteligente, mi compadre me ha contado, que cuando ve a un emigrante se pone atacado, es como si su olfato le indicara la porquería.

El desasosiego por haber tenido cerca a un potencial testigo, volvió a hundirlo en el letargo anterior. Mientras a su vera, el indeseable propietario retomaba su perorata, tan cercano a su rostro que lo bombardeaba con salivazos, aquel ser lo enfermaba, sabía que la regurgitación que sentía era el preámbulo a una noche de dolor. Le hubiera gustado sacudirse a ese individuo con un puñetazo, estaba seguro que debido a personas como esa padecía esos terribles dolores de estómago. Ellos eran los culpables de que su vientre se hubiera convertido en una bolsa sanguinolenta. No habían sido los asesinatos de Madrid, no, él ya padecía de esos dolores cuando patrullaba las calles, es más, estaba seguro de haber empezado a tenerlos en la academia, cuando tipos ulcerativos como el que tenía ahora a su lado, se habían salido con la suya. Tal vez, si hubiera sido capaz de atizarle a más de uno, hubiera aprendido a no tragarse la mierda que habría las yagas de su estómago. El camarero, por otra parte totalmente cómodo con su discurso, no cesaba en su inconsciente afán de desmantelar la paciencia de Vargas; la idea de arrearle volvió a pasar por la cabeza del inspector, pero la desechó por ridícula.
Le dio una tarjeta y con voz firme le ordenó: -Si vuelves a ver a este muchacho llama inmediatamente a este teléfono.
Tras leer en la tarjeta que el receptor de sus confidencias era un inspector de policía, se acojonó, e intentando recordar si había dicho algo que lo comprometiera, no se persuadió como Vargas se marchaba.
Texto extraído de la novela inédita "No tienes por que hacerlo" Jorge Maruejouls
EL INVESTIGADOR (primera parte)

Todo había empezado cuando el Conseller en Cap Joaquín Nadal, leyó un artículo de la prensa nacional en el que se reflejaban las coincidencias insalvables entre el asesinato del Raval y el de Girona. Enseguida el animal político que llevaba dentro, le dio la perspectiva de la catástrofe que se le avecinaba al nuevo gobierno autonómico. Su primer paso fue reunirse con toda la cúpula de los mossos. Cuando los tuvo delante, se percató que los más altos cargos de aquel cuerpo apenas rondaban los cuarenta, algo comprensible debido a la obsesión del gobierno anterior por crear una policía totalmente nueva, dejando de lado muchas veces a los veteranos pertenecientes a cuerpos del gobierno central. Hacer que buscaba mayor fidelidad a la autonomía catalana. Nadal enfocó la reunión con la suficiente cautela para no dañar el ego de los presentes, pero sin dejar de insistir en que, el que parecía ser el primer caso real de asesinatos en serie en Catalunya, debía ser llevado por un agente con experiencia en estos casos. Comprendiendo sus palabras, todos los presentes se miraron atónitos dejando entrever que en sus respectivas dependencias no conocían a nadie con aquella característica. Tras unos segundos durante los cuales Nadal sufrió una terrible angustia, se escuchó en la estancia un tímido carraspeo. Provenía del Jefe de Girona, tras haber conseguido la atención de todos los presentes. Cabezas se irguió sobre su asiento y con una voz suave pero contundente en su claridad, expresó que en su comandancia se había reinsertado un inspector de Madrid que había estado al cargo de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), la más importante de España en criminología, pero cuya jubilación anticipada justamente se estaba tramitando ahora. Esas palabras ocasionaron, un discreto cambio en la comisura de los labios del sabido Nadal. Ahora, rodeado por las fotos de aquellos cuerpos, algo perturbaba a Vargas. No era el hecho de estar entre esas imágenes sangrientas. Él había tenido que llevar los casos más dantescos de Madrid. Aunque nunca se acostumbró, sí curtió su temple lo suficiente para que la visión de los muertos no enturbiara su mente. Lo que le acosaba era que su sexto sentido le advertía que había algo diferente en esos asesinatos y los que había visto durante su dilatada carrera. El objeto punzante utilizado en los dos casos era el mismo y según afirmaban los forenses, se trataba de un bisturí, instrumento que bien conocía, dado que el primer caso de homicidio que llevó en Madrid fue tan solo el inicio de una serie de asesinatos cometidos con ese instrumento. De esto ya hacía veinte años y aunque el Vargas de ahora no tenía mucho que ver con el de entonces, recordaba con complicidad la angustia que había sentido durante esas eternas jornadas en las que no había nada que hacer. Atascado en una investigación que sólo esperaba que en el siguiente crimen se cometiera algún error, la esperanza de encontrar una señal por donde empezar. Fue por aquellos años cuando comenzó a automedicarse con los ansiolíticos que le brindaban treguas necesarias para dormir, mientras tranquilamente el asesino estudiaba su siguiente bailarina.

Sí, por que sus víctimas siempre eran encontradas en posturas que imitaban momentos del ballet clásico. El homicida, temiendo que el rigor posmorten estropeara su obra, les rompía las articulaciones en pos de una elasticidad perfecta. Vargas siempre había carecido de la sensibilidad necesaria para entender algunas expresiones artísticas, y debido a su carácter pragmático, desconfiaba del exagerado egocentrismo de algunos creadores. Estos casos acabaron desvirtuando cualquier intento por comprenderlos. Reconocía que las atrocidades de su asesino eran fruto de una demencia totalmente ajena a la creación artística, pero íntimamente creía que en la búsqueda de la misma residía el germen que había desquiciado a ese individuo. Mientras los recuerdos del caso del Ballet seguían levitando por su mente, acercó su lupa a la imagen sin vida del joven peruano y observó vagamente los hematomas de su rostro. Con un movimiento imperceptible de su muñeca enfocó los primeros cortes visibles; eran profundos y limpios, en ellos se podía apreciar perfectamente el temple de su homicida. Esa manera de hacer le inquietaba, porque en ella delataba una cierta práctica, pero no había encontrado casos precedentes en los archivos de Catalunya. Lo peor de esos cortes era la falta de pasión, rabia o miedo, que siempre le habían servido para intentar ponerse en la piel del agresor. Era como si no hubiera sentido nada al acabar con esas vidas, en ningún momento se podía distinguir por la trayectoria un ápice de emoción. La frialdad con que se habían ejecutado era de una sobriedad espeluznante. No había duda de que el autor del asesinato del Raval era el mismo que el de Girona. El primero lo había seguido por la prensa ya que la jefatura de esa zona fue la que se hizo cargo. La víctima era un chico peruano, por lo que la noticia llegó a la prensa como uno de los ya comunes ajustes de cuentas entre bandas sudamericanas, pero después de los primeros días de investigación se descartó esta opción al verificarse la falta de cualquier vínculo entre esas pandillas y el joven inmigrante, el mismo que si estuviera vivo cumpliría hoy veinticinco años. El detonante de la muerte había sido un corte penetrante en el tórax izquierdo, según los forenses el resto de los numerosos cortes encontrados en su cuerpo habían precedido a la mortal incisión. El hecho de saber que no se había defendido daba una nota macabra al asunto, aunque después de encontrarse la notificación de repatriación que tenía en su bolsillo, se podía adivinar la causa para no luchar. La policía, además, estaba segura que su agresor era alguien conocido, dado que había tenido que estar muy cerca para ocasionarle esos tajos. Esto apuntaba a que la víctima confiaba en él. Por la ajena saliva encontrada en sus labios, se investigó la posible relación con círculos gays de Barcelona, pero tampoco se descubrió nada al respecto. Era de suponer que el asesino necesitaba, por encima de la confianza, la seguridad de su fuerza para acercarse tanto, por lo que el perfil con el que se trabajaba era el de un hombre fornido. El nerviosismo con que se habían llevado las primeras pesquisas y la falta de experiencia para este caso, se hacían latentes en la comisaría número veintitrés. El Jefe Samuel se negó a reconocer la importancia con que veían el caso sus mandamases políticos, condicionados por el miedo escénico que le tenían a la prensa. Aunque se intensificaron las redadas, se hicieron turnos intensivos y se investigaron a los presos que disfrutaban de permiso aquel día, no descubrieron nada. Sólo consiguieron llenar los despachos con declaraciones absurdas de vagabundos alcohólicos, putas enganchadas y acojonados moros. En tanto, los sospechosos habituales llenaban las carceletas de una manera preventiva. Por suerte para el comisario Samuel, el asesinato fue olvidado en pocos días por la prensa. Sí, todo parecía marchar sobre ruedas hasta que el periodista Pedro Escribano, que había cubierto el asesinato en el barrio del Raval, descubrió las coincidencias en el modus operandi entre éste y el inexplicable caso de Girona. Ahora Vargas tenía ante si el marrón servido, llegaba tarde ese reto, ya estaba cansado de luchar, ¿pero qué hacer? Estaba seguro que los catalanes no aceptarían que alguien cualificado del gobierno central llevara el caso, con lo cual él era el único que podía hacer frente a ese animal. ¿Pero, con qué fuerzas? Ahora que sólo quería descansar tenía que enfrentarse a un nuevo monstruo. Sabía que había algo más en esa reflexión, había miedo. Levantó la vista, dejó la lupa sobre la foto de la primera víctima, miró la del obrero y, con un tono que sonaba a súplica, preguntó a la imagen: ¿qué te contaron sus ojos? Su deber no era sólo con sus superiores, sino también con aquellos pobres diablos que podían ser los siguientes. Se sacudió la cabeza intentando convencerse de que el asesino del bisturí era su presa, un loco más que no tardaría en cometer un error, y él un sabueso experto que estaría preparado para ese momento. Sí, la mayoría de veces las cosas son más sencillas de lo que esperamos. El caso del ballet, que no había dejado de levitar por su subconsciente, lo trasladó a la tarde en que habían encontrado a la quinta víctima.

Unos trabajadores del alcantarillado municipal habían dado el aviso a la policía, la cual alertó de inmediato a la UCO. Estaba conectado a la emisora de radio de la unidad las veinticuatro horas, por lo que fue uno de los primeros en llegar a la escena del crimen. Además, había alquilado un estudio dentro de la zona en que operaba el asesino. La policía empezaba a acordonar el perímetro. La posición en que Vargas encontró el cuerpo no variaba mucho de los otros, sólo la palidez de su rostro delataba su presencia, mientras que el resto estaba cubierto por un manto de hojas secas que con seguridad serían como en los otros casos de lugares distintos. Le extrañaron los montículos formados, parecía que algo hubiera precipitado al asesino a abandonar la manera habitual con que cubría los cuerpos. Se puso los guantes y, controlando la ansiedad por encontrar otra anomalía que lo acercara al agresor, empezó a expulsar las hojas que cubrían a la joven. Lo primero que quedó al descubierto fue su pierna derecha. La emoción recorrió el cuerpo de Vargas, se podía apreciar perfectamente que esta vez la extremidad no estaba rota. Con un grito que parecía un alarido, ordenó a sus compañeros que cortaran todas las calles inmediatamente en un perímetro de un kilómetro. Cuando estos seguían aún estupefactos por la orden, acercó su oído a la boca de la víctima y escuchó el susurro de dios en la exangüe respiración de la muchacha. ¡Un médico, por Dios un médico, aún vive! Sin dar más órdenes, se levantó, quitó el seguro de su arma y, tras mirar a su alrededor, se encaminó en dirección a la calle más estrecha, alejándose del alboroto de los agentes que intentaban que la víctima volviera en sí, por temor a que pereciera mientras llegaba la ambulancia.

Texto extraído de la novela inédita "No tienes por que hacerlo" Jorge Maruejouls
EL FOTOGRAFO


@jorgemaruejouls Precioso texto, Jorge. Tema muy complicado de tratar. Me ha alucinado la delicadeza y humanidad que desprende el relato.
— Pablo Hdez Walta (@PABLOHDEZWALTA) junio 15, 2014
La Hora del Patio

Era extraño jamás me había fijado en ella, ni en ninguna, las consideraba estúpidas. No, creo que ni existían para mí, pero aquel curso fue distinto. Aún recuerdo aquel partido de fútbol, íbamos ganando por un gol a Octavo, un curso superior al nuestro. Recibí un pase en profundidad y con mis largas zancadas logré alcanzar el balón por un extremo del campo cuando un mulato me interceptó por detrás, haciéndome salir disparado del terreno de juego. Mientras un compañero se encargaba de lanzar la falta, fui a una pequeña fuente que había a unos metros del campo para limpiar la herida que me había ocasionado el bastardo en la rodilla. Cerca de la fuente pude apreciar un tumulto de féminas observándome entre risillas.
Cuando refrescaba la rascada volví a mirar a esa acumulación de faldas sin interés y de pronto mis ojos encontraron una respuesta desconocida hasta entonces. Era ella, respondía a mi mirada de una manera distinta, con una soberbia desconocida, la soberbia de la delicadeza absoluta. Desvaneció enseguida el dolor de la herida y empecé a sentirme indefenso, débil, absurdo ante tal potencial de emociones que me infligían sin piedad esos ojos azules.
Desde entonces todos mis actos en esos treinta minutos se convirtieron en crear un héroe de dimensiones desconocidas en aquel colegio. Creación abortada por la fuerza superior de otros niños, haciéndome caer la mayoría de veces en el fracaso y la humillación total. Pero cada noche creaba una nueva estrategia buscando recuperar el azul de su mirada.
Un día al ver tan lejano el triunfo de mi presencia ante ella, me lancé en picado con la vehemencia del niño que aún era y le escribí en un papel una poesía con la cual intentaba explicarle la confusión que había creado en mi vida. Una confusión que me hacía sentir con las fuerzas suficientes para cambiar el mundo haciéndolo un sitio perfecto para ella.
Cuando tocaron la salida estaba tan nervioso por ver su reacción que casi no atinaba a guardar mis cuadernos dentro de la mochila.
Ya en la puerta, ella estaba esperándome con sus amigas y mi poesía en sus manos. Logré ser lo suficientemente valiente y me planté ante ella intentando mantenerme recto, postura que siempre me había inculcado mi madre, ella me miró a los ojos devolviéndome el azul y rompiendo todas las defensas posibles que podía albergar mi joven personalidad.
-¿Lo has escrito tú?
-Sí
-Pensaba que solo eras un bruto más de tu pandilla
-Tal vez
-Tonto, es muy bonita esta poesía, a lo mejor algún día te conviertes en un gran poeta, pero eso no te lo puedo prometer, lo que sí te prometo es esto. Y me besó, mi primer beso. Luego se marchó.
Me quedé allí, inmóvil como un árbol, intentando absorber cada segundo de lo ocurrido en mi memoria.
Después de unos meses descubriendo el amor con ella, su padre, un arquitecto famoso, emigró a otra ciudad, robando en aquella evasión mi amor azul.
Al despedirnos ella me suplicó que no la olvidara. Me dijo que siempre que cogiera un papel y un boli y escribiera lo que sentía sería como si ella estuviera a mi lado. Por eso jamás he dejado de escribir y aún a veces intento crear una poesía romántica con la ilusión absurda de que la lea algún día y que el viento se convierta en cómplice de mi corazón y me traiga los sentimientos que despierten en ella mis versos.
He vuelto a soñar
Con lagartijas
Niños violentos
Profesores absurdos
El azul que marcaba mis días
El recuerdo de tu sonrisa de niña ha calmado por un momento las heridas de mi ya viejo corazón. Soñar contigo demuestra que aún estoy vivo y aunque sensaciones absurdas inundan mi mente.
A veces me parece imposible mantenerme sobrio ante tal cúmulo de estupideces circunstanciales que me hacen difícil ver la realidad de mi interior. La única realidad que vale la pena seguir en esta vida.
El cansancio volvió a vencer a las ideas mientras el escultor de pensamientos dejaba caer el vaso de vino y su espíritu tomaba posesión de su cuerpo etílico envolviéndolo, más aún, en la magia de aquellos años.
Una magia de color azul.
Relato extraido de la colección inedita "Sueños Rotos" 2000-2002 Jorge Maruejouls



